El talibán puede entrar a tu casa

Creer que lo de Afganistán no nos toca debido a que estamos muy lejos, es exactamente la misma postura que teníamos cuando apareció la pandemia y pensábamos que no nos iba a dar porque estaba lejos de nosotros.

Analizar el tema de Afganistán es complejo, pero cuando entiendes que un grupo de fanáticos religiosos, dispuestos a matar o morir, que jamás se rinden, tomaron un país completo, se torna bastante fácil imaginar lo que le puede ocurrir al mundo.

Ver las imágenes de personas cayendo de aviones despegando es una tragedia.

Ver la desesperación de la gente por huir, de las mujeres que son las que peor parte llevan en esto, es empezar a tener miedo por lo que viene, y la pregunta que me invade la mente es ¿por qué el mundo deja que esto suceda? Es una pregunta a la que no le tengo respuesta.

Hoy el mundo se debate para cambiar el lenguaje, las minorías elevan la voz cada vez que se ven afectados, y los colectivos se meten en peleas muy fuertes en redes sociales para que los acepten, pero la sociedad está callando frente a la tragedia de Afganistán. Ya antes había callado sobre Cuba, Nicaragua y Venezuela.

El mundo tiene las prioridades invertidas.

Debemos elevar la voz, debemos defender a los débiles, tenemos que hacer masiva nuestra campaña, el mundo tiene que reaccionar. No podemos seguir volteando la mirada ante la atrocidad. Es nuestro deber opinar, escribir, influir, denunciar, tenemos que usar nuestras redes y presionar a los gobiernos. Esto que hicieron fue un desastre y no podemos dejar que esto pase como un tema más en redes.

Hoy un talibán entra a la casa de una mujer y porque se le vio un tobillo la puede apedrear.

Mañana ese talibán puede entrar a tu casa.

No creas que eso no puede suceder.

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Venezuela: una deuda con la dignidad

Mi cuenta acá no es para hablar de política, pero sí de hacer reflexiones. No soy psicólogo en redes, pero sí uso la psicología para analizar lo que vivo y veo. Ante esto no puedo callar.

Lo que vivimos los venezolanos opositores es quizás la historia más grande jamás contada del engaño más masivo sobre la tierra. Dificulto que un país haya sido tan engañado en la vida, tanto tiempo y tantas veces, como el país opositor venezolano. No tengo reparo en decir, que somos el país más engañado de la historia moderna del mundo.

Pero esto no es sólo culpa de los que engañan, es responsabilidad también de los que creen. Un engaño la primera vez es diferente a un engaño la segunda vez. Ya la segunda, es culpa del engañado.

Así que en el caso venezolano, la responsabilidad es del mentiroso y de quien le cree.

Este tuit de @jguaido tiene 2 años. Hoy van a un diálogo que desde ya advierto, no llevará a nada. Quizás algunas elecciones fraudulentas, como siempre, y ya. Cohabitación. Como ha sido estos 21 años y como seguirá siendo con esta gente siendo protagonista del más grande engaño del mundo.

Venezuela es capaz de aguantar tipos como Chávez, Maduro, Guaidó, López y Capriles, sin reclamar, sin levantarse, sin producirles ningún tipo de miedo. Ningún político de los nombrados, le tiene miedo al pueblo, ninguno. La razón es que sabe que puede engañar y jamás le será cobrado.

En eso, los venezolanos tenemos una deuda con la dignidad.

Seguramente me pedirán propuestas, como siempre, como si eso sirviera. He dado muchas, cientos, en todas mis redes. Eso no importa. Puedo hacer una biblioteca de propuestas y todas quedarán acá, en un post irrelevante que en algunas horas perderá vigencia. El asunto no es la propuesta. El asunto es el darse cuenta que, sin duda alguna, somos el pueblo más engañado de la historia moderna.

Sepa.

Vivir sin desesperación

Cuando yo tenía entre 20 y 30 años de edad, siempre pensé que no tenía tiempo, que no había más oportunidades para mi y que si no me apuraba, iba a fracasar de por vida.


Es lo que el cineasta Guillermo del Toro llama: desesperación.

Yo sentí exactamente eso y durante toda esa década me dediqué a fracasar. Nada de lo que hice me salió bien.
Solo estudiar psicología. Y eso lo hice finalizando la década de mis 20 años. El peor tiempo de mi vida fue ese. Pobreza, locura, malas decisiones, y angustia, mucha angustia.
A los 35 aproximadamente empecé a cambiar mi mentalidad. Comencé a asumir la vida como venía y a tomar decisiones que me produjeran satisfacción momentánea, por ejemplo, dar una conferencia pequeña.
Lo hice, empecé a dar pequeñas conferencias. Jamás pensé que eso sería un gran entrenamiento. Nunca lo planifique así. Solo lo hacía porque me gustaba.

Entre los 30 y los 40, mi vida económica no mejoró, pero sí mi vida emocional. Seguía haciendo locuras, pero cerca de los 40, estas locuras eran menos dañinas para mí y para los demás.
20 años después de la época de la desesperación, empezó todo a cambiar vertiginosamente.
Todas las decisiones pasadas empezaron a servirme de experiencias, y todo los errores empecé a verlos como oportunidades.

Hoy tengo 52. Me siento exitoso, no me meto en problemas como antes, no hago daño a nadie y muy poco a mí mismo. En este momento me siento totalmente satisfecho de mi. A la fecha, pasaron 30 años desde la «desesperación».


Hoy vi esa imagen y dije «¡Carajo, cuánta razón tiene del Toro!».

A muchos de uds. los veo «desesperados» y no entienden absolutamente nada sobre esto. La vida no es TODA la vida. La vida es apenas hoy. Ayer ya pasó, y mañana no sabes si llegas. Tú vives hoy, así que pensar en «toda la vida» es sencillamente una distorsión cognitiva.

No desesperen, no piensen que no tienen tiempo, no asuman que uds. tienen el control total de su vida, no crean que uds. saben lo que pasará mañana.

Vivan hoy. Nada más hoy, y tomen decisiones que les generen satisfacción hoy.
Mañana, si es que llega, será la suma de tus errores y aciertos, y SIEMPRE podrás cambiar tu vida, no importa la edad que tengas.

Sepan

Messi: 3 lecciones de un adiós

Messi se va del #Barcelona. Al despedirse se fue en llanto. Un ser mitológico como el, se despide sin público del equipo de su vida. Demasiadas lecciones para resumirlas en un post, pero trataré.

Lección 1: todo cambia. Aquello sobre lo que crees que tienes el control, la vida te demuestra que no es así. Messi pensó que su carrera terminaría en ese club. El año pasado el quería irse, y este año no. Le toca irse cuando no quería. La vida no es como la diseñamos, sino como ella se va presentando. Tenemos una idea falsa del control, y no nos damos cuenta de que las cosas suceden generalmente más allá de nuestras decisiones.

Lección 2: no siempre tienes todo lo que mereces. Es una falacia de justicia. Messi merecía despedirse del #fcbarcelona en un estadio atestado de gente coreando su nombre y que estremeciera con vítores el adiós de su héroe. No sucedió así, y de paso, no fue culpa de nadie. Bueno sí, de un virus que ha sido un desastre de proporciones apocalípticas. Messi no tuvo lo que merecía en ese sentido, y esa lección hay que aprenderla: no siempre tenemos lo que merecemos.

Lección 3: expresar las emociones nunca está mal. Messi no es un tipo emocional, pero está vez las emociones se desbordaron, y está bien. Los hombres lloramos. No existe nada de malo en evidenciar nuestras emociones más vulnerables. Siempre que sea en el marco de la civilización, el respeto y no hacer daño, expresar nuestras emociones es un derecho humano al que jamás deberíamos renunciar.

Messi es un mito verdadero. El fútbol jamás podrá ser descrito sin decir su nombre. Verlo allí, en el podio, vulnerable, me reconcilia con lo humano, lo normal, lo bueno de todos nosotros. En un mundo en este momento tan complicado, ver a un héroe diciendo adiós a lo que fue su casa, es entender que nada está escrito, y que siempre debemos estar preparados a los cambios, a la transformación que siempre implica vivir.

Sepa.

Carta a mi querido negro. Lee rápido antes que me censuren

Brillante Cristián Warnken… dando contexto y aclarando

Carta a mi querido Negro

Mi querido Negro:
Tal vez esta sea la última vez que, por lo menos públicamente, te diga «negro». Tú sabes cómo están las cosas, es mejor andarse con cuidado. No es agradable exponerse a una «funa» y prefiero andar tranquilo por la vida. Pero va a ser imposible que deje de pensar en ti como el «negro» y tú en mí como el «flaco»; por lo menos hasta ahora, no hay nadie que se arrogue la representación de la minoría de los «flacos» (aunque estamos en vías de convertirnos en minoría) y que enarbole la causa de los «delgados», por considerar que «flaco» podría ser discriminatorio. Tal vez no esté lejano el día en que ello ocurra.

Qué fatigoso esto de andar cuidando las palabras que uno debe usar para no herir la hipersensibilidad de todo tipo de «minorías»: vamos a terminar usando una «neolengua» (como en la novela de Orwell, ¿te acuerdas?) en la que nadie se sienta ofendido, discriminado, una lengua neutra, sin apodos, sin dobles sentido, sin connotaciones de ningún tipo, una lengua higienizada que deje tranquilo a los «buenistas» convertidos en comisarios de la palabra. Es muy duro enfrentarse a un «buenista» de esos: son muy agresivos y no tienen sentido del humor. Y eso es lo más grave: que el sentido del humor es cada día más escaso en el debate, en las conversaciones. Y cuando el humor se retira, es muy peligroso para la tolerancia y la libertad. Nietzsche tenía razón: sospecho de toda verdad que no vaya acompañada de una carcajada.

Si alguien no es capaz de reírse de sí mismo y además se siente dueño de la verdad, estamos ante un peligro. El día que dejemos de reírnos de nosotros mismos y de nuestras convicciones, sería el fin de la civilización tal como la hemos conocido. La risa es lo que nos hace humanos. Siempre es sano que haya un Chaplín riéndose de un Hitler o un Kramer de un Jadue. Pero no está lejano el día en que a Kramer lo pasen a «control de cuadros». Si hay algo que caracteriza a nuestra cultura popular, una de sus riquezas más profundas es la risa. Por eso en Chile se da mejor la comedia que cualquier otro género, por eso surgió un poeta como Nicanor Parra que bajó a los poetas del «paraíso del tonto solemne» y por eso el circo es nuestro verdadero carnaval.

Yo espero que ese humor popular, que es una forma atávica que tenemos de defendernos de la gravedad y peso del poder, sea más fuerte que esta marejada de tontería, nueva beatería y puritanismo. Todos estos delirios, como el de hablar de «las cuerpas» (en vez de los «cuerpos») son invenciones de gente de la academia, de una élite intelectual que quiere adaptar la realidad humana a sus teorías. El papel lo resiste todo. Pero la vida se rebela contra cualquier intento de purismo o pureza; es la vieja rebelión de la vida contra la moral. Y esta oleada tiene mucho de moralismo de signo inverso al moralismo conservador, pero es finalmente moralismo. Es «moralismo progresista» (aunque esto sea, en principio, un oxímoron). Un nuevo puritanismo que ha nacido en universidades norteamericanas o francesas viene a tratar de imponernos su «neolengua», pero en el pueblo esto no encontrará recepción sino resistencia. La socarronería chilena es mucho más astuta que el tontogravismo de los inquisidores buenistas. Pienso en nuestros payadores chilenos, improvisadores geniales y espontáneos: ¿te los imaginas en un duelo verbal como los que cultivan, autorreprimiéndose para no usar la palabra «negrita» u otra? Uno tiene que hablar como respira o camina: cuando se hace un esfuerzo voluntarista para usar ciertas palabras y no otras, hablar y conversar va a terminar siendo una tortura, un martirio. Ellos quieren apoderarse de la lengua, así como se han ido apoderando de las universidades, del poder político, pero la resistencia comienza aquí, con el arma más poderosa de todas, esas que no resisten los dictadores, el humor, el sagrado humor.

¿Te acuerdas de la novela El nombre de la rosa, sobre el libro de Aristóteles acerca de la risa que había desaparecido en la biblioteca de un monasterio? Así van a empezar a desaparecer los poemas eróticos o sensuales de Neruda, Gonzalo Rojas y algún día los poemas de amor de los trovadores y la Divina Comedia de Dante, por ser expresiones del «patriarcado» opresor (sic). Nos quieren quitar el humor, el amor ¿y qué más? Porque todavía falta que se manifiesten muchas minorías e «identidades». ¿Y quiénes son? Minorías que se autoproclaman -supuestamente- representantes de una mayoría: siempre es así en los totalitarismos. Se apoderan de la palabra «pueblo», se apoderan del lenguaje y se convierten en censores y comisarios de nuestras vidas. Son los nuevos fariseos y fariseas, los y las nuevas Savonarolas de estos tiempos de peligrosa unanimidad. La vida es imperfecta, el lenguaje es imperfecto, somos imperfectos, unos «embutidos de ángel y de bestia».

Claro, tenemos que tratar de refinarnos, de evolucionar, todos los días. Todos somos abusadores o abusadoras de alguna manera, todos los días matamos a alguien -como decía Oscar Wilde- con un gesto, una mirada, una palabra, pero la utopía de un mundo donde todos de la noche a la mañana nos convirtamos en «puros» y limpios de palabra, en «perfectos» (como decían los miembros de la secta de los cátaros) me parece aterrador. Por eso, a todos los predicadores de cualquier signo que nos hablen desde púlpitos de superioridad moral debemos tenerlos «en capilla» o bajo sospecha. Generalmente aquellos que se creen «buenos» o «puros» son los que esconden más basura debajo de la alfombra (así ocurrió con la Iglesia), y lo que hacen cuando juzgan a los «impuros» o «malos» (que son siempre los otros) no es sino proyectar su propia sombra. Al mundo le costó mucho liberarse del puritanismo represivo y victoriano, siglos: ahora disfrazado de «progresismo» esa misma pulsión puritana regresa.

No podemos retroceder pensando que estamos avanzando, involucionar creyendo que estamos evolucionando. Nos acaban de quitar la entrañable «Negrita» de la infancia: seguramente la transnacional que la fabrica tendrá algún sentimiento de culpa que quiere atenuar. Es probable que algún asesor, un comisario de la cultura de la cancelación, haya propuesto desde su escritorio en Londres o Suiza cambiarle el nombre a nuestra galleta morocha, sin saber nada del país donde esta se consume ni de las connotaciones que la palabra «negrita» tiene en el uso popular. No hay palabra más cariñosa que «negrita». Te escuché tantas veces decírselo a tu mujer, y ella a ti «negro». ¿Qué va a entender de eso un posgraduado gringo o suizo con mirada paternalista, cuyo cerebro fue lavado en alguna facultad de humanidades (hoy se llaman facultades de «estudios culturales»), intoxicado de teorías identitarias ramplonas y dogmáticas?, ¿qué va a entender de nuestros códigos, nuestras bromas, nuestros dichos, nuestra cultura, nuestros modos de vivir? ¿No han pensado en el rechazo que esto puede provocar y como este violento secuestro de nuestro idioma puede afectar, incluso, a las mismas causas que dicen defender?

Pensar que el lenguaje es el duplicado de la realidad es un error conceptual: no es deformando el lenguaje cómo se van a terminar las discriminaciones de cualquier tipo, sino mejorando nuestro trato, con gestos concretos de inclusión y cuidado. Es una tarea educativa de largo plazo. Al final los excesos de lo políticamente correcto (y lo que están haciendo con el lenguaje es un exceso) favorecen la irrupción de corrientes reaccionarias. Bueno, hasta aquí llego no más. Creo que esto es la «cueca arriba del piano», están llegando muy lejos, mi negro. Qué paciencia hay que tener, por Dios, para soportar a los, las y les comisaries: ¡están «subidos por el chorro»! Pero el humor es más fuerte. No creo que triunfen en las calles, los mercados, el boca a boca, los dichos, los chistes: ahí van a ser derrotados por la sabiduría popular, donde abunda el sentido común, que tanto les falta a los iluminados de cualquier signo. Esa es mi esperanza.

Y si no, ¡que Dios nos pille confesados! ¿O confesades?

Un abrazo, mi Negro y otro a la Negra, con el cariño de siempre.
Cristián Warnke

El voto de la desgracia

El 18 de julio del 2021, un venezolano emigrante explica el por qué se fue de Venezuela. Es una tragedia, sin duda alguna. Más de 6 millones de venezolanos se han ido del país. El otrora país más rico de Suramérica convertido hoy en el peor país de la región. La razón: votaron por Chávez, votaron por el socialismo.

Pero resulta que este mismo venezolano, un año antes defendía el modelo chavista. Se decía «crítico» de la situación pero mantenía su adherencia a la causa de su desgracia. El voto de este venezolano, junto a millones de otros, produjeron la desgracia de uno de los mejores países de la región. El votó por Chávez, por el socialismo, y luego se fue del país, dejando su estela de horror y muerte, no sin antes el mismo padecerla.

Tengo bastante tiempo diciendo que el problema de Latinoamérica en cuanto a lo político, es psicológico. Ya he explicado antes eso, pero estas cosas me lo reafirman. Escogemos sistemas perversos que luego terminan devorando nuestros sueños, nuestras vidas. No se trata de que el socialismo es malo y el capitalismo es bueno, no, se trata de que no sabemos escoger, de que poco entendemos de economía, de que nuestra educación es insuficiente y de que votamos con las emociones en vez de votar con el razonamiento.

Yo quiero influir en que debemos entender de política, debemos entender de democracia, debemos entender de economía. Si queremos vivir bien, debemos escoger mejores políticos, mejores sistemas. Debemos educarnos y también educar. Tenemos que interesarnos en estos asuntos y entender que cuando escoges un mal político, puedes destruir tu propia vida.

Enseña a tu hijo sobre economía, sobre política, sobre la perversión de la izquierda y las injusticias de la derecha. Enseña sobre civismo, instituciones, que entienda que una sola promesa incumplida, hace prever un político mentiroso, que es menester tener responsabilidad y que la libertad y la democracia son valores fundamentales.

Cambiemos esa tara política que tenemos en Latinoamérica. Es nuestro deber.

Sepa.